En lo que podría considerarse el mayor acto de sinceridad gubernamental de los últimos años, el Estado boliviano ha decidido que ya es suficiente. Tras años de monopolio donde volar se convirtió en un deporte extremo, Bolivia ha firmado acuerdos de «cielos abiertos» con Panamá y Paraguay. Traducido del lenguaje diplomático: hemos tenido que pedir ayuda a los vecinos porque nuestra aerolínea bandera está con respirador artificial.
El acuerdo rompe formalmente la exclusividad de Boliviana de Aviación (BoA) en rutas clave y abre las puertas de nuestros aeropuertos a la temida y desconocida «libre competencia». Las aerolíneas panameñas y paraguayas ahora podrán operar con mayor libertad, ofreciendo frecuencias que, en teoría, sí despegarán a la hora que dice el boleto.
El fin del «turismo de aventura»
Hasta ahora, comprar un pasaje internacional implicaba aceptar términos y condiciones no escritos: horas de retraso en la sala de espera, desvíos misteriosos y el siempre emocionante «desperfecto técnico» en pleno carreteo. Con la llegada de nuevos competidores, los pasajeros bolivianos se enfrentarán a un choque cultural sin precedentes: subirse a un avión, sentarse y despegar a tiempo sin tener que rezar tres padrenuestros.
El Gobierno ha intentado vender la firma de estos acuerdos como una «expansión estratégica» para fomentar el turismo y el comercio. Sin embargo, en las calles, la lectura es clara: es un rescate disimulado. Cuando tus aviones pasan más tiempo en el taller que en el aire, dejar que otros hagan el trabajo deja de ser una opción y se convierte en una necesidad de supervivencia.
¿Qué le depara el futuro a BoA?
La gran interrogante ahora es cómo reaccionará la empresa estatal al tener que competir con aerolíneas que sí incluyen mantenimiento preventivo en su presupuesto. Mientras tanto, los viajeros frecuentes ya están celebrando. Se acabaron los monopolios; bienvenida sea la era donde llegar a tu destino final no sea considerado un milagro aeronáutico.