La Paz. — Si la política boliviana fuera una serie de Netflix, los guionistas se estarían quedando sin premios. En el último episodio de nuestra coyuntura, el expresidente Evo Morales salió a los micrófonos con una postura inquebrantable: afirmó, con el pecho inflado, que él no tiene por qué escapar del país ante las posibles investigaciones en su contra. Sin embargo, en la misma respiración, le lanzó un reclamo airado al Gobierno: le urge que le devuelvan su pasaporte diplomático.
Para los que no están familiarizados con la burocracia de alto vuelo, un pasaporte diplomático no es para sacar pasajes más baratos en BoA. Es básicamente el Golden Ticket de Willy Wonka del derecho internacional: te da inmunidad, te ahorra las aburridas filas de migración y evita que las autoridades extranjeras hagan preguntas incómodas sobre por qué viajas con tanta prisa a las tres de la mañana.
La lógica de la «no-fuga» preventiva
«El que nada hace, nada teme», reza el dicho popular. Pero en la versión adaptada para exmandatarios, parece ser: «El que nada teme, igual quiere tener su maleta lista y un documento de inmunidad internacional en la guantera, solo por si pinta un viaje de emergencia a México o Argentina».
Desde el ala «evista» defienden que es un derecho adquirido por su condición de exjefe de Estado. Pero desde el otro lado de la vereda, el pedido ha provocado carcajadas nerviosas. ¿Para qué necesita un pasaporte diplomático alguien que jura y perjura que su único destino es quedarse a defender la patria chica en el Trópico?
¿Turismo o plan de contingencia?
Mientras el Gobierno de Rodrigo Paz analiza si le devuelve o no la codiciada libretita azul oscuro, los analistas políticos (y los memeros de internet) ya están haciendo sus apuestas.
Por ahora, Morales nos deja una gran lección de prevención ciudadana: siempre hay que enfrentar los problemas de frente, pero con el pasaporte visado, las maletas en la puerta y el motor de la vagoneta encendido. Por si las moscas.