Ser la voz de los oprimidos, luchar contra el imperialismo y defender a la clase trabajadora es una tarea titánica y, al parecer, excepcionalmente bien pagada. Según recientes informes filtrados este mes de mayo de 2026, Mario Argollo, prominente dirigente de la Central Obrera Boliviana (COB), percibe un salario mensual que ronda los Bs 47.000. Sí, leyó usted bien: cuarenta y siete mil bolivianos.
Para poner esta cifra en perspectiva (y para que al ciudadano común le termine de dar acidez estomacal), este monto equivale a casi 20 salarios mínimos nacionales. En otras palabras, lo que un trabajador boliviano promedio tarda casi dos años en ganar partiéndose el lomo de sol a sol, el señor Argollo se lo embolsa en 30 días hábiles de discursos revolucionarios y puños en alto.
La noticia cae como un balde de agua fría —o más bien, de diésel escaso— en un país que atraviesa una severa crisis económica. Mientras el sector productivo pierde millones diarios por bloqueos, los dólares brillan por su ausencia y las amas de casa ven cómo la canasta familiar se encarece semana a semana, la cúpula sindical parece vivir en una realidad paralela. Una realidad con aire acondicionado, viáticos jugosos y cuentas bancarias envidiables.
Resulta casi poético (por no decir cínico) ver a estos dirigentes paralizar calles y exigir «sacrificio» al sector empresarial y al Gobierno, cuando sus propias papeletas de pago se asemejan más a las de un alto ejecutivo transnacional que a las del humilde obrero que dicen representar. Al final del día, el discurso de la «lucha de clases» funciona de maravilla frente a las cámaras, pero a la hora de cobrar, nuestros líderes sindicales prefieren los privilegios de la más rancia burguesía.
Queda la pregunta flotando en el aire para las bases de la COB: ¿Hasta cuándo van a seguir marchando y tragando gas lacrimógeno para proteger el estilo de vida de sus «humildes» dirigentes?