Durante siglos, las mujeres de Santa Cruz, Beni, Pando y los valles cochabambinos han llevado el tipoy con un orgullo inquebrantable. Este vestido, caracterizado por sus colores vibrantes, su frescura adaptada al clima tropical y su profunda conexión con la identidad indígena y mestiza del oriente, es mucho más que tela: es historia viva, herencia y cultura. Pero tranquilos todos, que la activista María Galindo ha llegado a los estudios de televisión para explicarnos que, en realidad, las mujeres orientales han estado equivocadas todo este tiempo.
En su más reciente (y predecible) performance mediática, ocurrida durante una entrevista en vivo, Galindo decidió tomar un tipoy y cortarlo literalmente en dos con unas tijeras. Según su diagnóstico iluminado, ejecutado con la teatralidad de siempre, esta noble prenda «despoja de libertad y de sensualidad» a las mujeres.
La «liberación» en traje de asalto
“Corto este tipoy, me lo quito, con el deseo más profundo de hacer un gesto de libertad”, proclamó la activista, argumentando que la vestimenta tradicional impone control sobre el cuerpo femenino.
Hasta ahí, podríamos estar ante el clásico libreto de provocación al que Galindo nos tiene acostumbrados. Sin embargo, el clímax de la ironía visual llegó justo después del tijeretazo. Al despojarse del tipoy «opresor» y falto de sensualidad, la activista reveló su atuendo de liberación: un hermético enterizo negro que le cubría desde el cuello hasta los tobillos. Porque, aparentemente, la verdadera sensualidad y la rebeldía estriban en vestirse como si uno estuviera a punto de robar un banco de noche, y no en la frescura colorida de un vestido tradicional oriental.
Falta de respeto disfrazada de activismo
Cuestionar las estructuras de poder es válido, pero confundir la imposición colonial con una prenda que las mujeres del oriente han abrazado, transformado y convertido en un símbolo de su propia alegría y resistencia, demuestra una preocupante desconexión cultural. Romper en televisión nacional un elemento tan querido para Pando, Beni, Santa Cruz y los valles no es un acto de valentía; es, a todas luces, una falta de respeto hacia la identidad de miles de mujeres que no necesitan que nadie venga desde la sede de gobierno a tijerear su cultura para decirles cómo deben sentirse.
Las redes sociales no tardaron en estallar. Mientras algunos fieles seguidores aplaudían la enésima puesta en escena, la inmensa mayoría de la población oriental repudió el acto, exigiendo disculpas por el agravio e incluso pidiendo que sea declarada persona non grata.
Al final del día, el tipoy seguirá ondeando al ritmo de la tamborita, lleno de gracia y de la verdadera libertad de quien conoce y ama sus raíces. Las tijeras de Galindo, en cambio, solo lograron recortar un poco más su propia credibilidad.