La Paz. — En un esfuerzo monumental por revolucionar la Real Academia Española y la ingeniería petroquímica al mismo tiempo, las autoridades bolivianas han encontrado por fin la explicación a la crisis de los carburantes. Su vehículo no está fallando porque la mezcla del surtidor tenga más agua que un balde de carnaval; no, el problema es mucho más poético: nuestra gasolina sufre de «desestabilización».

El ingenioso diagnóstico llega de la mano de una crisis que terminó costándole el puesto al ahora expresidente de YPFB. Durante meses, miles de conductores han peregrinado por los surtidores del país, haciendo filas kilométricas solo para cargar un combustible que, aparentemente, tiene crisis de ansiedad al entrar en contacto con los motores.

La terapia intensiva del carburante

El término «gasolina desestabilizada» ha caído como anillo al dedo en el manual de excusas gubernamentales. Se evita así el vulgar término de «mala calidad» o el incómodo «estamos mezclando esto con lo que pillamos». Ahora, cuando un ciudadano se quede varado a mitad de una avenida de subida, sabrá que no es culpa de la refinadora, sino que su tanque de combustible está atravesando un cuadro de inestabilidad emocional severa.

Por supuesto, el cambio de mando en la estatal petrolera promete «soluciones técnicas». Mientras tanto, el sector más beneficiado por esta desestabilización parece ser el gremio de los mecánicos, quienes no dan abasto limpiando inyectores y consolando a motores que no soportaron el estrés de digerir el nuevo octanaje plurinacional.

Queda la esperanza de que, con la nueva gestión, la gasolina logre encontrar su centro, medite, se estabilice y vuelva a hacer lo único que se le pide: que los autos avancen sin toser.